‘Rodrigo D. No Futuro’ y el cine de la espera

rodrigo dPor: Edward Salazar* | Ilustración: Paola Rodríguez** | Junio-Julio 2019

El Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI), en su edición número 59, realizó un tributo y entregó un premio India Catalina al cineasta antioqueño Víctor Gaviria. 

En sus palabras de recepción, Gaviria se definió como un “cineasta de la espera”, pues sus películas llegan en tiempos y circunstancias que se oponen a la lógica de la hiper-producción cultural. Se toma el tiempo de insistir en los temas y en las conversaciones, por fuera del afán de saberse vigente.

Su carrera no es prolija y no necesita serlo. Víctor ha sido director de nueve películas en 37 años transcurridos entre su primer corto y su último largometraje. Entre ellos llama el brillo de La vendedora de rosas (1999), uno de los nombres máximos de la historia del cine nacional, primera película colombiana en ser nominada en Cannes. Muchas personas y generaciones que no han visto la película se han acercado a ella por memes, gifs o fragmentos de video que, descontextualizados del filme (y de la obra del director), resultan bastante graciosos, a pesar de los temas sobre los que habla: la pobreza, la exclusión social y espacial; el lenguaje de la calle, la ocurrencia infantil entre groserías y la hostilidad de determinada Medellín. En cierto sentido,  las frases y situaciones resultan graciosas (porque la vida en sí misma no está desprovista, a pesar de todo, de humor): “¿De quién es ese ombliguito para tomarse un roncito?”, le dice uno de los personajes a una adolescente que está echada en las escaleras. 

Pero antes de la Vendedora de rosas, Víctor abordó la marginalidad y la exclusión urbana en su película de 1990, Rodrigo D. No Futuro, obra escogida para ser presentada en el tributo hecho en el Festival. El director celebró nostálgicamente que estuviéramos viendo a esos muchachos de la película, hijos fallecidos por la violencia (salvo el actor Ramiro Meneses).

Rodrigo D. es la historia de un joven melancólico y perdido, asediado por la muerte de su madre y por la desesperanza de la vida, esperanza que le cuesta encontrar o que se resiste a encontrarlo, atrapado en la periferia. Rodrigo busca una batería para llegar al punk, en tanto le promete un lugar para sí mismo, tal como la música y lo contracultural ofrecen un lugar para la juventud. El ruido punkero, que también es política, aparece como respuesta a la sordidez a la que ha sido excluido de la ciudad del progreso. Rodrigo consigue unas baquetas y practica sobre el aire la música que será suya; busca aprender desde lo que tiene, desde lo que puede, para encontrar maneras de ser alguien, sobre todo, para sí mismo. 

Los expertos en cine Carlos Jáuregui y Juana Suárez reconocen en la obra de Víctor Gaviria la herencia del Nuevo Cine Latinoamericano de los años cincuenta, que a su turno es una refiguración del neorrealismo italiano (el italiano como respuesta a la situación política del fascismo, el latinoamericano como una respuesta anti-Hollywood), que comparten la posición política y estética frente a temas sociales: la pobreza, la exclusión, el no-futuro. Pensemos en El Ladrón de Bicicletas (1948) del italiano Vittorio de Sica, o en Los Olvidados (1950) del mexicano Luis Buñuel.

Pero la obra de Víctor, conectada con ambas escuelas, es distinguible de esta tradición, pues no supone la adaptación pasiva de un lenguaje estético y temático anterior. Rodrigo D. no es un documental sobre la pobreza y el desasosiego de los jóvenes, a pesar de trabajar con actores naturales y a partir de historias dolorosas que ellos contaron. El cineasta señala que “el argumento puede ser ficción, la historia es verdad”, para recordar el carácter no documental de su historia sin negar el punto de partida sobre vidas reales, por lo que su obra podría resultar incómoda. 

Víctor presenta una película alejada de la pornomiseria, dejando una obra visualmente rica, más allá de la estetización gratuita de la pobreza. En Rodrigo D. los movimientos de la cámara, elegantes y pacientes, largos e incisivos en los detalles (escaleras, decoración, paisajes, cuerpos, lugares), dotan de dignidad a partir de elementos formales la “historia verdadera” o las historias, más bien, de los jóvenes que conocemos en su película. 

No puedo dejar de mencionar la ropa en la película, que no sé si responde completamente al diseño de vestuario, si es más bien la expresión del actor natural, o un proceso híbrido en su creación. El rock y el punk están en el caos y el pastiche de las chaquetas, la rebeldía de los pantalones; las camisas en diferentes estampados, rayas y colores pasteles abombadas en la cintura, entregan una propuesta de vesturario que enriquece la película, como lo hace la banda sonora, que merecería un capítulo aparte. 

Hay que verla y escucharla para entender a Rodrigo D. y el no-futuro al que el personaje estaba destinado por sus circunstancias, pero del que el actor Ramiro Meneses pudo escapar de la mano de su amigo Víctor Gaviria. Salvar y dignificar una vida es más poderoso que no hacerlo con ninguna, aunque el gesto no sea suficiente. 

 

*Docente Facultad de Diseño Gráfico | USTA, Bogotá 

** Estudiante de sexto semestre de Diseño Gráfico | USTA, Bogotá 

EDITORIAL


“El departamento de Admisiones y Mercadeo, junto con la Vicerrectoría Académica General, ha diseñado varios espacios para que los estudiantes de colegio puedan encontrar en la USTA una Institución de puertas abiertas”.
Henry Manuel Ortega Jiménez | Director de Departamento de Admisiones y Mercadeo | USTA, Bogotá

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