Si la ciencia no está en boca de todos, ¿para qué?

ciencia ficcionPor: María José González Báez* | Mayo 2019

La imagen del científico encerrado en su laboratorio, haciendo cosas que solo él “entiende” y trabajando arduamente hasta llegar al “Eureka”, que luego será socializado en un comunicado o rueda de prensa, en un lenguaje casi incomprensible, pero que maravilla a todos, es una representación bastante obsoleta de la ciencia y del papel de los científicos en la sociedad del siglo XXI.

Con un público cada vez más informado e interesado en lo que sucede en su entorno, los investigadores de la ciencia comienzan a dejar de ser vistos como “bichos raros”, para ser ubicados como personas que se desenvuelven en ámbitos usualmente relacionados con el poder, pues no todos los países tienen los recursos suficientes, o la voluntad política, para invertir en ciencia. 

Al respecto, el científico colombiano Rafik Neme, biólogo de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en biología molecular de la Universidad Götingen (Alemania), doctor en matemáticas y ciencias naturales de la Universidad de Kiel (Alemania), y quien además ha realizado dos posdoctorados en genómica evolutiva en la Universidad de Columbia (Nueva York, Estados Unidos), dijo al periódico El Heraldo, en el año 2017, que “los científicos no somos ‘bichos raros’, ni fracasados socialmente. A mí me gusta bailar como buen barranquillero y divertirme, no andamos en batas blancas y no somos como Sheldon en The Big Bang Theory”.

El mes pasado, Rafik Neme dio un ciclo de conferencias en varias universidades de Bogotá, en donde abordó este tema, a propósito de su decisión de regresar de Estados Unidos a Colombia, para hacer ciencia en Barranquilla. En estos encuentros con la academia, invitó a la sociedad en general a interesarse por el quehacer científico, en tanto los experimentos y resultados obtenidos suponen una serie de cuestionamientos éticos sobre el poder de manipular la vida, por ejemplo, los cuales no deben ser de interés exclusivo de los científicos, puesto que cada decisión en este campo incide en el futuro de la humanidad. 

El papel de la ciencia ficción 

“Mi papá tenía una biblioteca en la casa, en donde había mucha ciencia ficción. Yo me acerqué a la ciencia a partir de la ficción. Isaac Asimov es una gran influencia para mí a nivel personal (no científico) porque sus obras me hicieron enamorar de la capacidad que tiene la ciencia de cambiar el mundo: pensar en líneas paralelas, en dimensiones, etc. Si bien ahí hay un poco de escapismo de la realidad, también este escapismo da cabida a la agencia humana, es decir, nos pone a pensar sobre nuestras posibilidades de acción”, contó Neme en la charla titulada “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”, frase del filósofo alemán Friedrich Schiller, usada por Asimov para dar nombre tanto a su novela Los propios dioses, como a cada una de las tres partes que la componen. 

“Me encanta Los propios dioses, porque en esta obra Asimov denuncia “la estupidez” no necesariamente entendida como la del “tonto”, sino al contrario, la de quien uno tradicionalmente cree que es la persona o el colectivo más inteligente: los científicos. En la novela, el escritor ruso cuenta que hay dos universos: el nuestro y “otro”. Del “otro” universo encuentran la forma de enviar materia al nuestro y, como los dos universos son diferentes en sus leyes físicas, cuando esa materia llega a este universo se vuelve inestable, o sea, se vuelve material radiactivo. De este modo, los científicos empiezan a sacar más energía de la que alguna vez hubo en la Tierra. En ese contexto, dichos científicos se vuelven eminencias y premios Nobel con mucho poder político, generando toda una clase social dominante, que se puede dar la “licencia” de ser malas personas, es decir, irrespetan a colegas, tratan mal a los demás... pero todo el mundo los venera porque hicieron “algo importante”: son científicos endiosados. Sin embargo, varias personas a las que uno de ellos les destruyó la carrera se empiezan a dar cuenta de que con esa transferencia de materia entre los dos universos se avecina una gran catástrofe, una supernova en la vecindad donde transcurre la historia, o sea, ¡todo va a explotar!, pero a pesar de que se sabe eso, la comunidad científica y los políticos se rehúsan a ir en contra de estos científicos que tienen tanto poder, porque las masas les creen absolutamente todo, no cuestionan nada; entonces, ellos siguen enviado materias porque saben, incluso, que si ocurre una catástrofe se van a beneficiar grandemente”, narró Rafik en el encuentro, y continuó: 

“La ciencia ficción es un vehículo que permite que las personas que no dominan conceptos físicos y que, por ejemplo, solo conocen las nociones de «ayer» y «mañana», puedan comprender la noción de viajar en el tiempo. Pero no solo eso: es importante en el plano político porque cuenta la historia, menciona nombres, apellidos y nacionalidades de los científicos, y los pone en un contexto”.

Esta concepción del papel social del científico converge con la de la bióloga, filósofa y zoóloga Donna Haraway, profesora emérita del programa de Historia de la Conciencia en la Universidad de California, quien hace Estudios Culturales de la ciencia. Esto es: se posiciona como científica, pero asume que la realidad es un constructo de relaciones sociales e históricamente determinadas; por tanto, no existe un “mundo” a priori, al cual investigar, ni una verdad universal a la cual apelar, sino que concuerda con distintas posturas de la teoría social contemporánea según las cuales es posible construir varios mundos dependiendo del lugar en el cual se posicione el investigador o investigadora para narrar la realidad material que encuentra. Es decir que el universo narrado o “hallado” dependerá de las preguntas de investigación que se formulen, así como de las decisiones que se tomen para considerar y presentar ciertos hallazgos, por ejemplo. 

“Desbaratando” la modernidad

En ese orden de ideas, Haraway, al igual que otros científicos contemporáneos, no se considera una científica moderna, en el sentido de que no está permeada por el discurso de “la objetividad” ni lleva como estandarte la pureza del que usa bata blanca como uniforme de trabajo. No está en un laboratorio en “honor a la verdad” ni intenta representar el mundo de una vez y para siempre, sino que se sabe conectada/parte del mundo: es estadounidense, blanca, mujer, científica y perteneciente a una clase social, en un sistema occidental, de régimen visual, tecnocientífico, neoliberal, global y —en sus palabras— “colonizador” no solo de poblaciones, sino de animales, plantas, genes, ecosistemas y territorios. 

Por tanto, Haraway entiende su posición en el mundo no solo como científica (rol que tradicionalmente se considera alejado de la política y de lo público), sino que se posiciona como ecologista y feminista antirracista. Es decir, trabaja su vocación de ciencia en conjunto con su visión de sociedad, asumiendo así una vocación política que se relaciona con su oficio.

Esa es la invitación: acercarse, conocer y cuestionar la producción de ciencia, pero también producir conocimiento sin olvidar que lo que somos y lo que hacemos es resultado de muchas variables, incluida la manera en que nuestros antepasados proyectaron el futuro. 

*Comunicadora social, egresada de la USTA | Bogotá

EDITORIAL


“La importancia de la libertad de cátedra es un hecho que a nivel nacional e internacional siempre será defendido. Es pilar esencial en los procesos de enseñanza en todos los niveles educativos, si es que realmente buscamos cambios que mejoren las condiciones de vida de todos los seres humanos”.
Nadia Verónica Velásquez Vallejo Directora Unidad de Gestión Integral de la Calidad Universitaria | USTA, Bogotá

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