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El docente está en el deber de cuestionar, provocar e incomodar al estudiante

Libertad de cátedra y mayoría de edad

Por: Juan Sebastián López López* | Mayo 2019

A mediados de febrero, el representante Edward Rodríguez, del partido político Centro Democrático, anunció que preparaba un proyecto de ley orientado a limitar la libertad de cátedra en los colegios. 

Según Rodríguez, dicha iniciativa pretendía evitar que los niños y niñas del país fueran ideologizados arbitrariamente por sus profesores. Como era de esperarse, su declaración dio lugar a múltiples objeciones por parte de docentes, juristas, expertos en educación y organizaciones de la sociedad civil. 

Desde distintos frentes se presentaron argumentos y evidencias sobre lo injustificado y peligroso de un proyecto que desconocía el orden jurídico que garantiza la libertad de cátedra (véase, por ejemplo, el Artículo 27 de la Constitución o la sentencia T-588/98 de la Corte Constitucional), yendo en contra de la promoción de una cultura democrática y plural desde el aula de clase. Claramente, se advertía que el proyecto apuntaba a despolitizar la educación, a restringir el rol del docente a mero transmisor de conocimientos atenidos a su especialidad disciplinar y, en últimas, a imponer un nuevo régimen de verdades (ideologizar) sobre la historia y la actualidad política colombiana.

Por fortuna, la defensa del proyecto que hizo el congresista Rodríguez en debates y entrevistas fue la muestra más elocuente de su inconveniencia: lo que se pensaba tramitar no tenía una base empírica, filosófica ni jurídica medianamente consistente. De ahí que a inicios de marzo el representante Rodríguez anunciara que retiraría el proyecto, que todo había sido un error de su parte. Aun así, pese a la cortísima vida del proyecto de ley en cuestión, su pomposo nacimiento y su final vergonzante, este episodio debería llevarnos a reflexionar sobre lo que como individuos y como sociedad colombiana realmente esperamos de nuestro sistema educativo.

Corren tiempos difíciles para un ejercicio libre, creativo e integral de la docencia, eso es innegable. Además del encono con que muchos políticos atacan a los maestros, ha hecho carrera la idea de que a la educación formal le compete únicamente la capacitación de los alumnos en las competencias propias del oficio que han de desempeñar una vez graduados y que, por consiguiente, el cultivo de una sensibilidad y un juicio político son asuntos que atañen al fuero individual y doméstico.

Ante esta franca contradicción, convendría recordar que la apuesta fundamental de la educación básica, secundaria y universitaria no es otra que preparar al individuo para razonar, comunicarse y crear lazos de reconocimiento cada vez más universales. En esa medida, el docente está en el deber de cuestionar, provocar e incomodar al estudiante, no solo para que avance en el conocimiento especializado, sino para formar su carácter, estimular su curiosidad y ayudarle a superar la pereza y la cobardía que, como diría Kant, bien pueden condenarle a una cómoda pero indigna minoría de edad. En ese orden de ideas, y frente al miedo que constantemente azuzan los populistas para incrementar su capital político, la única vía legítima siempre será más libertad de cátedra y más confianza, tanto en el criterio y la vocación del maestro como en la capacidad crítica del estudiante. Y es que nunca antes como ahora nuestra niñez y juventud cuentan con herramientas de sobra para pensar por sí mismos, para desmarcarse de las versiones simples de la historia y del presente. No hay que temer.

*Coordinador e investigador del Instituto de Estudios Socio-Históricos Fray Alonso de Zamora | USTA, Bogotá

EDITORIAL


“El departamento de Admisiones y Mercadeo, junto con la Vicerrectoría Académica General, ha diseñado varios espacios para que los estudiantes de colegio puedan encontrar en la USTA una Institución de puertas abiertas”.
Henry Manuel Ortega Jiménez | Director de Departamento de Admisiones y Mercadeo | USTA, Bogotá

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